Sobre mi experiencia cercana a la muerte. Parte 1.
El 18 de febrero del 2026 cumplí un año de haber tenido una experiencia cercana a la muerte y creo que es hora de compartir lo que me traje de regreso.
Contexto
Estaba en un retiro de meditación de 10 días y por ahí de la mitad (ya entrada en un estado muy sereno), amanecí con problemas de estómago fuertes y comencé a vomitar sin parar.
Pensé que se quitaría sin más, pero como a las 4hrs de estar así, en una de las idas al baño sentí literalmente como si mi cerebro fuera una esponja y alguien la hubiera exprimido. Juro que sentí como si se me hubiera despegado del cráneo.
El doctor del grupo me vio y supo que era urgente llevarme al hospital. Él y mis compañeros salieron a buscar quien me llevara (porque estábamos lejos de cualquier poblado) y yo, sintiéndome más o menos funcional, agarré mis cosas y salí de mi cuarto caminando solita.
Las luces apagándose
Mientras caminaba al estacionamiento, literal, se me empezaron a apagar las luces.
Toda mi vista periférica se empezó a oscurecer -como un tunel- hasta que ya sólo podía ver lo que tenía enfrente de mí pero como muuuuy difuso, borrocito.
En ese momento me acordé de una historia que me había contado una amiga que tuvo cáncer mucho tiempo y con ello un par de experiencias cercanas a la muerte.
Años atrás, platicando con ella sobre ese tema (la muerte, porque entre mis amigxs sí hablamos de esas cosas), yo un día le dije:
“Siento que aunque uno mentalmente le pueda perder el miedo a la muerte, al cuerpo como ente biológico le ha de dar miedo. Él no ha de querer morir”.
A lo que me contestó:
“'Nombre amiga, al contrario, ¡es delicioso! Es como si te empezaran a apagar las luces poco a poquito y así dejas de sentir todas las incomodidades y dolores que siempre traes. Todo lo que te dolía deja de doler. Lo que te preocupaba, desaparece. No hay nada a qué tenerle miedo”
Y yo pensé para mis adentros:
“No pos wow. Estoy muy lejos de una experiencia así, la verdad no me hace mucho sentido”.
Y no, no me hacía.
Hasta que se me empezaron a apagar las luces a mí, me acordé de su historia y me empezó a caer el 20 lo que me estaba pasando.
Para cuando me acordé, yo ya estaba..
..sintiendo increíblemente delicioso.
¿A qué me refiero con delicioso?
A que ya no tenía ninguna sensación física.
No había náusea, no había dolor, tensión, ni ninguna de las 1001 sensaciones incómodas que parecen acompañar la experiencia de estar vivos habitando un cuerpo humano.
Tampoco había ya mucho diálogo mental. Como si le hubieran puesto pausa al programa de radio y se hubiera callado de un momento al otro.
Pero más delicioso que eso, es que no había ninguna sensación ni experiencia emocional:
No había un ápice de preocupación, miedo, ansiedad, exitación, angustia, emoción, anticipación ni nada.
Un costalito de carne y huesos
Poco a poco mi campo de visión comenzó a irse más arriba del nivel de mis ojos, como si pudiera ver desde más alto y empezó a quedar clarísima la sensación de
mi cuerpo quedándose abajo.
Abajo, chiquito e insignificante, mientras yo me expandía, me liberaba -como el aire saliéndose de un globo-, suelta y sin límites ya. La cosa más deliciosa que he experimentado en mi vida.
Conforme eso pasaba, algo iba quedando ridículamente claro:
Que yo no soy mi cuerpo.
De hecho, la sensación era que mi cuerpo era el equivalente a un costalito de carne y huesos que estuvo ocupado un tiempo pero que no tenía ya mayor importancia. Se iba a quedar ahí abajo -sin mí-, sin el menor problema.
También había un nivel de certeza absoluta de no ser mi cuerpo por lo siguiente:
Aunque el cuerpo evidentemente se estaba apagando, yo seguía existiendo, consciente.
Consciente de lo que todavía alcanzaban a percibir mis sentidos, sí, pero sobre todo, consciente de … la existencia..
Creo que es la única palabra que le puedo dar.
Consciente de que existe la existencia.
Consciente de que existe lo que existe.
Suena demasiado metafísico pero no lo vivía como tal. Se sentía increiblemente natural y evidente que:
Eso era yo. Aquello que es consciente de la existencia.
Y eso, no requiere un cuerpo para existir.
Más allá del cliché, la esencia de quienes somos sí es eterna
Otra sensación muy muy fuerte era que:
Yo, la verdadera esencia de quien soy -más allá del cuerpo-, no tiene ni inicio ni final.
Al sentir que me salía de mi cuerpo ya no podía encontrar “cuándo” comencé a existir y “cuándo” dejaría de hacerlo.
¡Era una cosa tan tan hermosa tener total certeza de eso!
Que la esencia de quien soy (y quienes somos todxs) es infinita, eterna.
No se puede terminar jamás, así como no se le puede encontrar un inicio.
Y aquí viene la mejor parte…
Conforme iba reconociendo que no había la más remota posibilidad de que yo fuera mi cuerpo, así mismo se asentaba la sensación de
1) Estarme expandiendo (como saliéndome de un lugar muy muy apretado) y más que nada,
2) De estar volviendo a casa..
Volver a casa (cerca, pero sin cruzar)
Ah qué experiencia tan más exquisita.
Conforme me iba “despegando” de mi cuerpo, iba creciendo más y más la sensación de por fin,
¡POR FIN!
Poder volver a casa.
Como si atrás de mí, esperándome con puertas abiertas, estuviera:
Mi hogar más puro.
El más amoroso
El más cálido.
EL hogar.
El lugar al que plenamente pertenezco y que siempre me estuvo esperando.
El hogar que me da la bienvenida incondicionalmente.
Donde es 100% recibida cada ínfima parte de quien soy.
Más que sentir un llamado, había como una familiaridad inmensa y un deseo gigantezco de volver.
Y desde esa experiencia de comenzar a volver pero más que nada, querer volver, la noción de lo que estaba dejando yo atrás -mi vida en la Tierra- parecía realmente no ser muy relevante.
Como si mi vida hubiera sido un paseo pequeño, un detour sin mucho sentido en el cual me hubiera perdido un ratito quien sabe dónde, haciendo quien sabe qué.
Nada importante a comparación de la inmensidad del hogar que me esperaba.
La negociación del “regreso”
En esas estaba, ya muy feliz y lista para regresar a donde no me tendría que haber ido nunca (a mi parecer), cuando una vocecita en mi mente que parecía salir de mi lado izquierdo comenzó a decir:
“Ay wey, ay wey, espérenme tantito.. ¡¿de verdad nos estamos muriendo?!”
A lo cual le respondió otra voz, mía también, pero que hablaba desde mi lado derecho (todo en mi mente):
“Si y obvio ya nos vamos de regreso”
A lo que la voz de la izquierda, que parecía buscar razones para no irse, respondió:
“Oye pero.. espérate tantito, ¿no crees que nuestra mamá nos va a extrañar? ¡Está muy absoluto esto de morirnos!”
Y la voz de la derecha respondió:
“¡Nombre! ¿No ves que ella también es espiritual? Ella entiende que aunque dejemos el cuerpo, lo que realmente somos (no sé por qué hablaban en plural entre ellas) no hay manera de que pueda desaparecer y si ella nos quiere contactar aquí vamos a estar. Ella va a entender eso, ¡no te preocupes!”
Y la voz de la izquierda, descepcionada por no lograr convencer a la de la derecha, sacó otro argumento:
“Oye, pero no seas gacha. Mira que estamos en el retiro y nuestros compañeros se van a agüitar cuando se encuentren nuestro cuerpo tirado muerto. No les hagas eso”.
Y la voz de la derecha, muy decidida y con total confianza se defendió:
“¡Cómo crees! Todos aquí tienen claro que no somos el cuerpo - que lo que somos es espíritu y que es imposible que tenga un fin. ¡Obvio NO existe la muerte! Ellos van a entender, tú no te preocupes.”
Y así siguió intentando la voz de la izquierda con un par de argumentos más, para los cuales la voz de la derecha siempre tenía respuesta y más que nada una determinación total de:
“Ya. Vámonos a casa”
El único argumento convincente
Hasta que…
No fue tanto una voz, si no más bien un saber que llegó como de otro lado, que me/nos dijo:
“Tú ya hiciste muchísimo trabajo interno en esta vida. Ya atravesaste muchas cosas difíciles y nada gratas de atravesar. Regresa. Ahora sí te toca cosechar los frutos del trabajo que has hecho y también tienes cosas que hacer ahí todavía. O dime.. ¿quieres regresar después otra vez y comenzar desde cero?”
Con eso me llegó una imagen de un bebé, recién nacido, comenzando de cero cero, con pañales y todo, apuntando a que o regresaba a mi cuerpo, o reencarnaba y comenzaba el juego de nuevo desde bebé..
Y ahí sí mis dos voces dijeron :
NOOOOOOOOOOOOOO!!!!
y en menos de 1 segundo estaba de vuelta en mi cuerpo.
El regreso
Ya estuvo bastante larga la historia para un sólo post.
El resto te lo cuento en el siguiente, pero te adelanto que sí alcancé a llegar al hospital -apenitas- y que fue Salmonellosis, recibido por un humilde sope de pollo, el que casi me llevó a la tumba (a mi cuerpo, obvio no a mi).
¡Muchísimas gracias si llegaste hasta acá!
Si quieres concoer el desenlace, aquí puedes leer la Parte 2.
Con gratitud por seguir en este plano y poder seguir compartiendo,
Paula 😇
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